Otra vuelta de tuerca
Otra vuelta de tuerca A poca distancia, teníamos a Flora ante nosotras, sentada en la hierba y sonriendo como si su hazaña hubiera terminado. Sin embargo, lo siguiente que hizo fue agacharse y arrancar un manojo grande y feo de helechos marchitos, como si aquello fuera el motivo por el que estaba allí. Inmediatamente estuve segura de que acababa de salir del matorral. Nos esperó, sin dar un solo paso, y me llamó la atención la extraña solemnidad con que nos acercamos a ella. Sonreía y sonreía, pero todo sucedía en medio de un ominoso silencio. La señora Grose fue la primera en romper el hechizo: se dejó caer de rodillas, y atrayendo a la niña contra su pecho, ciñó en un largo abrazo el cuerpecito suave y dócil. Mientras duró aquella muda efusión, no pude sino observarlas, lo que hice con mayor atención cuando la cara de Flora me miró por encima del hombro de nuestra compañera. Ahora la cosa era seria; la vacilación había desaparecido; envidié en ese momento, dolorosamente, la sencillez de la relación que la señora Grose podía establecer. Pero durante todo ese rato no ocurrió nada nuevo entre nosotras, salvo que Flora había vuelto a dejar caer al suelo el marchito helecho. Lo que ella y yo nos dijimos virtualmente fue que ahora los pretextos eran inútiles. Cuando al fin la señora Grose se levantó, retuvo la mano de la niña, de modo que seguía teniendo a los dos delante, y la especial reticencia de nuestra comunión quedó aún más marcada en la mirada que me lanzó.