Otra vuelta de tuerca
Otra vuelta de tuerca Ahora la llevaba pegada a los talones y cuando habÃamos recorrido la mitad del camino —una operación tortuosa y cansada, sobre un camino muy accidentado y cortado por la frondosidad vegetal— me detuve para permitirle respirar. La sostuve del brazo, agradecida, asegurándole que podÃa serme de mucha ayuda; y eso nos hizo arrancar de nuevo, de modo que en pocos minutos alcanzamos un punto desde donde descubrimos al bote en el sitio previsto. Estaba tan escondido como era posible y amarrado a una de las estacas de la valla que, allÃ, descendÃa hasta la orilla y habÃa servido de ayuda para desembarcar. Tan pronto vi el par de remos cortos y gruesos, perfectamente recogidos, reconocà que, para ser obra de una niña, era una hazaña prodigiosa; pero para entonces ya habÃa visto demasiadas maravillas y habÃa perdido el aliento en presencia de hechos mucho más asombrosos. La valla tenÃa una puerta, por la que pasamos, y que nos condujo, tras un insignificante intervalo, a un terreno más despejado. Entonces ambas exclamamos al unÃsono:
—¡Allà está!