Otra vuelta de tuerca
Otra vuelta de tuerca Asà resultó ser de hecho, pero aún se puso ella colorada, casi, para demostrarlo.
—Ahora me explico lo que debió hacer en el colegio. —Hizo un gesto casi cómico para demostrar su desilusión ante mi falta de agudeza—. ¡Robó!
Repensé la idea y traté de ser más juiciosa.
—Bueno, quizá.
Puse cara de encontrarme inesperadamente tranquila.
—¡Robó cartas!
Ella no podÃa saber los motivos de mi tranquilidad, después de todo, bastante superficial; asà que se los expuse como pude.
—¡Espero, entonces, que tuvieran más sentido que en este caso! De todas formas, la nota que dejé ayer sobre la mesa —prosegu× le habrá servido de tan poco, pues solo contenÃa la escueta solicitud de una entrevista, que estará avergonzado de haber ido tan lejos por tan poca cosa, y lo que rumiaba anoche debÃa ser precisamente la necesidad de confesarlo. —Por un momento me pareció comprender la situación, dominarla—. Déjenos, déjenos… —Estaba ya en la puerta, echándola—. Se lo sacaré. Vendrá conmigo y confesará. Si confiesa está salvado. Y si está salvado…
—¿Se habrá salvado usted también? —La buena mujer me besó y se despidió—. ¡Yo la salvaré sin él! —exclamó al irse.