Otra vuelta de tuerca
Otra vuelta de tuerca Entonces comenzó otra cosa; durante algunos días la cosa fue bastante extraña. De vez en cuando había horas, o por lo menos momentos, incluso intercalados entre las tareas cotidianas, en que necesitaba encerrarme a pensar. No era tanto que me encontrase más nerviosa de lo que era capaz de soportar como que sentía un insoslayable miedo a llegar a estarlo; pues la verdad que ahora debía afrontar era, llana y lisamente, la verdad de que no conseguía saber nada del visitante, con quien había mantenido un contacto tan inexplicable y, sin embargo, tan íntimo en mi opinión. Tardé poco en comprender que era posible sondear sin recurrir a interrogatorios ni a comentarios que llamaran la atención y dieran lugar a complicaciones domésticas. La conmoción sufrida debió agudizarme todos los sentidos; al cabo de tres días, y solo mediante una mayor atención, estaba convencida de no estar siendo perseguida por los criados ni ser objeto de ninguna clase de broma. Fuera lo que fuese aquello de lo que yo no sabía nada, nada sabían tampoco quienes me rodeaban. Solo cabía sacar una conclusión razonable: alguien se había tomado una libertad bastante indecorosa. Para decirme eso necesité meterme repetidas veces en mi cuarto y encerrarme con llave. Todos habíamos sido objeto de una intrusión: algún viajero sin escrúpulos, con curiosidad por las casas antiguas, se había abierto paso sin ser visto y había disfrutado del panorama desde el mejor punto de vista, y luego había escapado de la misma forma que entró. La mirada prolongada y fija con que me había encarado formaba parte de su misma indiscreción. Lo bueno, a fin de cuentas, era que podíamos estar seguros de nunca volver a verlo.