Otra vuelta de tuerca
Otra vuelta de tuerca Esta conclusión no bastaba, he de admitirlo, para hacerme olvidar que lo que restaba importancia a todas las demás cosas era, fundamentalmente, el encanto de mi trabajo. Mi encantador trabajo era mi vida con Miles y Flora, y de ninguna otra forma podÃa apreciarlo tanto como al percibir que ahà era donde ahogaba mis penas. El atractivo de los pequeños a mi cargo era un constante placer y me llevaba a extrañarme de la vacuidad de mis primeros miedos, el disgusto que al principio me causaba el prosaÃsmo de mi oficio. Al parecer, no habÃa tal gris prosaÃsmo ni prolongada machaconerÃa. ¿Cómo no iba a ser encantador un trabajo que se presentaba lleno de cotidiana belleza? TenÃa toda la fábula de la guarderÃa y toda la poesÃa del aula. Desde luego, con esto no quiero decir que solo estudiáramos cuentos y versos; quiero decir que no sé cómo expresar de otro modo el tipo de interés que me inspiraban mis compañeros. Cómo podrÃa describirlo sino diciendo que, en vez de acostumbrarme a ellos —y eso es maravilloso para una institutriz: ¡yo lo llamo la hermandad de los testigos!—, hacÃa constantes descubrimientos nuevos. HabÃa una dirección donde sin duda se detenÃan estos descubrimientos: una profunda oscuridad seguÃa recubriendo la conducta del muchacho en el colegio. Pronto tuve oportunidad, ya lo he dicho, de contemplar ese misterio sin angustia. Quizás serÃa más cierto decir que, sin una palabra, él mismo lo puso en claro. HabÃa hecho que toda la acusación fuese absurda. Mi conclusión floreció al contacto con el sonrojo de su inocencia: sencillamente, era demasiado puro y limpio para el mundillo sucio y tenebroso del colegio. Reflexioné perspicazmente que la constatación de tales diferencias, de tal superioridad, siempre da lugar, inevitablemente, a la venganza de la mayorÃa, de la que pueden formar parte los directores sórdidos y estúpidos.