Otra vuelta de tuerca
Otra vuelta de tuerca Ambos niños eran de una delicadeza —era su única falta, sin por eso resultar Miles blandengue— que los hacÃa, ¿cómo podrÃa decirlo?, casi impersonales y, desde luego, absolutamente imposible castigarles. Eran como los querubines de la historia que, pasara lo que pasase, moralmente no tenÃan de qué arrepentirse. Recuerdo que, sobre todo con Miles, tenÃa la sensación de que no tuviera pasado, por asà decirlo. Poco pasado esperamos de los niños pequeños, pero este precioso niño extraordinariamente sensible y, sin embargo, extraordinariamente feliz, más de lo que yo hubiera visto en ninguna criatura de su edad, me sorprendÃa renaciendo nuevo todos los dÃas. Jamás habÃa sufrido ni durante un segundo. Consideré que esto era una prueba en contra de que jamás hubiera sido castigado. De haber sido perverso, habrÃa sido «cogido», y yo lo habrÃa cogido de rebote, habrÃa encontrado un rastro. No encontraba nada y, en consecuencia, tenÃa que ser un ángel. Nunca hablaba del colegio, nunca mencionaba a los compañeros ni a los profesores, y yo por mi parte estaba demasiado predispuesta contra ellos para nombrarlos. Desde luego, estaba encantada y lo más curioso de todo es que, incluso entonces, me daba perfectamente cuenta de estarlo. Pero eso no me preocupaba; era un antÃdoto contra el dolor y yo tenÃa más de un dolor. Por aquellos dÃas iba recibiendo cartas de mi casa donde las cosas no iban bien. Pero estando con mis niños, ¿qué podÃa importarme en el mundo? Tal era la pregunta que solÃa formularme en mis momentáneos retiros. Estaba deslumbrada por su gracia.