Otra vuelta de tuerca
Otra vuelta de tuerca Hubo un domingo —para proseguir—, que llovió con tal fuerza y tantas horas que no pudimos dar el paseo hasta la iglesia, y en consecuencia, al caer la tarde, acordé con la señora Grose que, si mejoraba el tiempo, asistirÃamos juntas al último servicio. Por suerte, la lluvia cesó y me preparé para el paseo que, cruzando el parque y por el buen camino de la aldea, serÃa cuestión de unos veinte minutos. Al bajar las escaleras para reunirme con mi colega en el vestÃbulo, me acordé de un par de guantes necesitados de unas puntadas y que habÃa cosido —dándoles una publicidad tal vez poco edificante— mientras acompañaba a los niños en la hora del té, que los domingos, por excepción, se servÃa en el templo frÃo y limpio, de caoba y de bronce, que era el comedor de los «mayores». Los guantes se habÃan quedado allà y volvà para recogerlos. El dÃa estaba bastante gris, pero aún quedaba luz y eso me permitió, al franquear el umbral, no solo reconocer los objetos buscados sobre una silla próxima al gran ventanal, en aquellos momentos cerrado, sino percibir a una persona al otro lado de la ventana que miraba atentamente. Bastó dar un paso dentro de la sala; mi visión fue inmediata; allà estaba. La persona que me miraba atentamente era la misma persona que se me habÃa aparecido antes. Asà pues, se presentaba de nuevo, no quiero decir que con mayor claridad, porque eso era imposible, pero sà con una mayor proximidad que significaba un paso adelante en nuestra relación y que, al verlo, hizo que se me cortara la respiración y que me quedara helada. Era el mismo, la misma persona, y esta vez lo veÃa, igual que lo habÃa visto antes, de cintura para arriba, pues el ventanal no descendÃa hasta el nivel de la terraza donde estaba, aun estando el comedor en la planta baja. TenÃa la cara pegada al cristal y, sin embargo, curiosamente, el efecto de esta mejor perspectiva consistÃa en permitir apreciar lo nÃtido que habÃa sido la visión anterior. Solo permaneció unos cuantos segundos, los bastantes para convencerme de que él también me veÃa y reconocÃa; pero fue como si pasara años mirándolo y lo conociera desde siempre. No obstante, esta vez ocurrió algo que no habÃa sucedido antes; la mirada fija en mi cara, atravesando el cristal y el comedor, era tan profunda y dura como la otra vez, pero se apartó un momento, durante el cual pude observarlo, recorriendo diversos objetos. En seguida se sumó al sobresalto la certeza de que no habÃa venido por mÃ. HabÃa venido por otra persona.