Otra vuelta de tuerca
Otra vuelta de tuerca Me lo hizo saber en cuanto, volviendo la esquina de la casa, se puso de nuevo ante mi vista.
—En el nombre de Dios, ¿qué ocurre?
Ahora estaba sonrojada y sin aliento.
No dije nada hasta tenerla muy cerca.
—¿A mÃ? —DebÃa tener una cara de gran pasmo—. ¿Se me nota?
—Está usted blanca como el papel. Parece aterrorizada.
Reflexioné: indudablemente podÃa reconocer su inocencia. Mi necesidad de respetar el sonrojo de la señora Grose se habÃa desvanecido calladamente y, si momentáneamente vacilé, no lo hice con ánimo de retenerme. Le alargué la mano y ella la cogió; apreté un poco, por el gusto de sentirla cerca. Encontraba una especie de apoyo en el tÃmido sobresalto de su sorpresa.
—Usted viene a buscarme para ir a la iglesia, claro, pero no puedo ir.
—¿Ha ocurrido algo?
—SÃ. Ahora debe saberlo. ¿Tengo un aspecto muy raro?
—¿Vista por la ventana? ¡TerrorÃfico!
