!Pobre Richard!
!Pobre Richard! —Los mÃos también cambiarán, no tengo ninguna duda al respecto. No en el tipo, sino en la intensidad. Cuanto más te conozca, estoy segura de que más te apreciaré. Y también tú me apreciarás más. No me rechaces, te estoy diciendo la verdad. Te irás formando una opinión verdadera sobre mÃ, cosa que en este momento no tienes, pues de lo contrario no me dirÃas que te vuelvo loco. Pero debes ser paciente. Es un hecho singular el que haga falta más tiempo para aceptar las ideas racionales en relación con una mujer que para imaginar que uno la adora. La sensación de estar loco por alguien es una mala base para el matrimonio. Está claro que deseas dejar atrás tu vida ociosa y tus malas costumbres; y ya ves que soy una amiga de verdad, pues no dudo en tratar cuestiones desagradables, mientras que no me atreverÃa a hacerlo si fuera tu «adorada». Pero eres tan indolente, tan poco decidido, tan indisciplinado, tienes tan poca instrucción —Gertrude hablaba pausadamente espiando el efecto que causaban sus palabras— que te resulta muy difÃcil cambiar de vida. Propongo pues, con tu consentimiento, ser tu ángel de la guarda. En adelante, mi casa estará abierta para ti como al amigo más querido. Ven todo lo que quieras, y quédate cuanto rato desees. No digo que ocurra de aquà a unas pocas semanas, claro, ni siquiera en unos meses, pero cuando Dios lo quiera serás un joven capaz, en perfecto estado de funcionamiento, cosa que ahora mismo no ocurre, y tú mismo lo consideras asÃ, yo bien lo sé. Sin embargo, tengo una excelente opinión de tus talentos —esto era muy astuto por parte de Gertrude— y hasta de tu naturaleza. Y si resulta que te he hecho un favor, entonces ya no pensarás en casarte conmigo.