!Pobre Richard!

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Para poder apreciar la importancia de esta conversación el lector ha de saber que Miss Gertrude Whittaker era una joven de veinticuatro años y que estaba sola en el mundo desde que había muerto recientemente su padre, quien le había dejado una gran fortuna, acumulada por diversas empresas en aquella parte del Estado. Había designado a una parienta lejana y ya mayor, que se llamaba Miss Pendexter, para que ayudara a su hija con la casa; y a uno de sus viejos amigos, conocido por aunar la habilidad con la integridad, como consejero financiero. Gertrude no tenía madre, se había criado en el campo, y sus rasgos eran más bien toscos; al alcanzar la mayoría de edad, no tenía ni los gustos ni los modales de una damisela refinada. Con una constitución vigorosa y activa, un gran corazón y una mente lúcida, y mucho talento para los negocios, era una de las personas principales de la región debido a su riqueza y a su tacto. Estos hechos la habían obligado a una importancia que no trataba en modo alguno de evitar y con la que se sentía totalmente a gusto. Sabía que era una potentada de la región y que, estuviera presente o ausente, siempre se hablaba de ella como de la rica señora Whittaker; y a pesar de que era modesta como debe serlo una mujer, no era tímida ni nerviosa hasta el extremo de querer esquivar sus obligaciones implícitas. Sus sentimientos siempre eran, en efecto, más sólidos y fuertes que delicados. Y, sin embargo, había en toda su naturaleza, tal como el mundo había sabido reconocerlo, una especie de discreción afable que concitaba el respeto general. Era impulsiva, pero circunspecta; ahorradora, pero de gran generosidad; realista, pero siempre dispuesta a bromear; con un agudo sentido de las distinciones humanas, pero hospitalaria casi sin discriminación; con un inmenso fondo de sentido común, pero justo después —como el cura que se esconde tras el rey— y a pesar de su espíritu básicamente prosaico y por así decir trivial para con los demás, tenía cierta capacidad heroica, de tal modo que aquel que la hubiera adivinado (suponiendo que fuera joven y entusiasta) no dejaba luego de rondarla para arrancársela, como uno se acerca a respirar una gran dalia en flor que, al pasar, ha resultado deliciosamente perfumada. Nuestra historia se basa en la existencia efectiva, en más de una mente, de la sensación huidiza de dicho aroma.


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