!Pobre Richard!
!Pobre Richard! Edmund Severn era un hombre de veintiocho años que, después de haber luchado durante algún tiempo contra el destino y contra sus propias inclinaciones, enseñaba matemáticas en un colegio rural, y que desde el principio de la guerra había elegido para sus talentos un campo de acción más glorioso. El regimiento de voluntarios al que pertenecía, y que ahora formaba parte del ejército del Potomac, había sido reclutado en la región en que vivía Miss Whittaker y, tal como podía permitírselo una mujer rica, ésta había logrado asegurarles a cada uno de sus hombres que sus pensamientos lo acompañarían. Las competencias militares de Severn, así como su ciencia, eran más sólidas que brillantes. Sus hazañas guerreras no llegaron hasta su pueblo ni le hicieron merecedor de unas responsabilidades superiores a las habituales de su regimiento; pero en numerosas ocasiones, frente a situaciones delicadas en la región de Virginia, había dado muestras —modestamente— de que era un oficial muy eficaz. Fue enviado a la retaguardia desde los primeros meses de la guerra por culpa de una herida grave y para poder ser tratado por una hermana suya casada que vivía cerca de Gertrude; pronto se vio honrado —al igual que los otros heridos en un amplio perímetro— por una visita de Miss Whittaker, preocupada en saber cómo estaba el herido. Esta, a la que el militar sólo conocía de oídas, le dio cálidas muestras de su simpatía y de su interés; le propuso su ayuda con mucha insistencia, acompañando dicha oferta con dádivas generosas procedentes de sus invernaderos y de su despensa. Severn había efectuado su primera salida en la carreta con asientos acolchados de Gertrude, que ésta le había puesto a disposición desde el inicio de su convalecencia y de la que, por supuesto, se había aprovechado inmediatamente para ir a presentar sus respetos a la benefactora. Severn se sintió estupefacto por el tono humilde, vacilante entre la sonrisa y las lágrimas, con el que ella le aseguró aquel día que era un privilegio sagrado poder ayudar a los héroes heridos. El capitán sintió por ella una simpatía inmediata y no pensó en nada más durante el trayecto de regreso. Media docena de visitas en el transcurso del siguiente mes bastaron ampliamente para hacer de él un «admirador rendido», como suele decirse; pero a medida que pasaban las semanas, se dio cuenta de que varios obstáculos considerables le impedían pasar a la categoría de «pretendiente». El capitán Severn era un hombre serio; era también concienzudo, prudente, reflexivo y acostumbrado a no actuar sin tener un objetivo bien definido. Le gustaba saber a dónde iba, nunca se aventuraba lejos sólo por ver lo bello que era el paisaje: quería saber lo que le esperaba al final del recorrido. Debido a esta costumbre tan enraizada se había preguntado si estaba dispuesto a aceptar lo que ocurriría en el caso de que se enamorara de nuestra joven protagonista. Desde el día en que se había jurado, un año antes, que no se casaría si no tenía la certeza, de uno u otro modo, de poder contar con unos ingresos sustanciales, su situación pecuniaria no había cambiado gran cosa. Todavía era pobre y sin un futuro claro; y aún no sabía cuál sería su verdadera carrera. Además, mientras estuviera a la merced de los azares de la guerra, pensaba que no tenía derecho a hacerle proposiciones a una mujer; retrocedía con horror ante la posibilidad de convertir a una tierna muchacha en una figura enlutada. Miss Whittaker le gustaba como nadie le había gustado hasta entonces; pero eso no era una razón, en su opinión, para renegar de sus principios. No podía permitirse casarse más con una mujer rica que con una pobre. Cuando hubiera ganado el dinero suficiente para que vivieran dos personas, entonces sería libre de casarse con quien quisiera, ya fuera una mendiga o una rica heredera. La verdad es que el capitán tenía demasiado orgullo. Era culpa suya si no lograba olvidar la diferencia entre su pobreza y la fortuna de Gertrude. Se habría sentido molesto, claro está, si le hubiesen dado a entender que el desahogo económico de la joven a la que él amaba era tal vez la razón por la que no le declaraba su amor; pero no cabe duda de que, en el asunto que nos ocupa, el sentimiento en cuestión no se atrevía —o todavía no se atrevía— a manifestarse abiertamente. Severn sentía horror de tener que rendir cuentas a nadie. Es probable, en definitiva, que hubiese aceptado con buen talante el verse obligado ante una persona que hubiera tenido ciertos derechos sobre su persona; pero mientras una mujer no fuera ni su amante ni su esposa, la idea de que pudiera deberle algo le resultaba odiosa. Si alguien lo hubiera conocido en estas circunstancias habría podido preguntarse si los bloques de hielo de su lógica iban a resistir frente al calor de Gertrude, o bien iban a derretirse poco a poco y a inundarlo todo. Nadie habría dudado en absoluto, sin embargo, de que no podría mantener su posición más que pagando el precio de un considerable esfuerzo moral. En ese momento, pues, Severn había decidido que Gertrude no le estaba destinada, y que convenía no separarse ni un ápice del recto camino. Nunca se le pasó por la cabeza que Miss Whittaker, por muy absorbida que estuviera por sus múltiples tareas, no fuera quizá indiferente del todo a su persona. La verdad es que las emociones íntimas y personales de Gertrude se habían refugiado en un rincón de su corazón tan alejado del pórtico de las palabras que no llegaba al exterior ningún eco de sus regocijos. Ella veía en su amigo discreto, prudente y valeroso a un caballero destinado a casarse quizá un día con una mujer que, por muy encantadora que fuese, no lo sería tanto como él. ¿Pero qué era ella para él? Una silueta percibida al borde de una carretera, como mucho una especie de Maud Müller[1] millonaria con quien un viajero solitario intercambia con placer un saludo amistoso. Su deber era cruzar los brazos con resignación, permanecer tranquilamente sentada en su diván y ver cómo desaparecía una gran felicidad por el horizonte de su vida. Siendo ésta la reflexión de Gertrude, no es sorprendente que Severn no perdiera su impasibilidad. En apariencia el milagro se produciría —si realmente tenía que producirse— si ella lo daba todo por perdido. Aquello suprimía cualquier vínculo entre ellos salvo el de la hospitalidad que ella le brindaba de vez en cuando, y este método tuvo sobre Severn los efectos que tenía sobre cualquiera, manteniéndolo en plena forma. Charlaban, simpatizaban, al tiempo que se observaban mutuamente, pero ninguno de los dos decía ni una palabra de lo que anidaba en el fondo de sus pensamientos. Gertrude era pues completamente sincera al contradecir a Richard cuando éste había insinuado que el capitán disfrutaba de un favor particular. Severn era sólo una de las víctimas de la guerra de las que ella se ocupaba, una entre otras muchas.
