!Pobre Richard!
!Pobre Richard! Cuando se levantaron de la mesa Gertrude propuso que salieran al jardín, pues le gustaba mucho cumplimentar a sus amigos en ese momento de la velada. El sol se había puesto detrás de la larga cresta de las colinas, mucho más allá de las orillas del río, del que se veía una parte a través de un claro en el bosque. Los tejados puntiagudos, los grupos de chimeneas, las fachadas pintorescas y recargadas de la antigua granja remozada que era la residencia de Miss Whittaker se teñían de rojo con los postreros rayos del sol. Las sombras alargadas de nuestros amigos se dibujaban sobre la tierna hierba. Gertrude había accedido generosamente al deseo de aquellos caballeros de fumarse unos puros, y propuso que dieran un paseo cerca del río. Antes incluso de darse cuenta, había aceptado el brazo del mayor Luttrel, y como Miss Pendexter prefería quedarse en la casa, Severn y Richard se vieron caminando uno al lado del otro a corta distancia detrás de la anfitriona. Gertrude, que había notado el mutismo que se había adueñado de pronto del capitán Severn, y que en su ingenuidad lo había atribuido a algún atolondramiento por su parte, habría deseado reparar su negligencia haciéndolo venir a su lado. Pero se consoló un poco viendo que parecía entenderse bien con Richard. Y a Richard, ahora que estaba al aire libre y en movimiento, le resultaba más sencillo hablar.
