!Pobre Richard!

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Richard no supo apenas cómo pasó la semana siguiente. Encontró una ocupación, mucho más absorbente de lo que había imaginado, consistente en combatirse a sí mismo de una manera a la vez sórdida y heroica. Desde hacía varios meses, bajo la inspiración de Gertrude, llevaba una vida muy sobria y decente, hasta tal punto de que se sentía relativamente en paz con Gertrude y consigo mismo; dicha vida era de lo más sencilla, era deliciosa. Producía una ebriedad moral infinitamente más delicada que la excitación del alcohol. Había una especie de fascinación en el hecho de llevar la cuenta de su abstinencia. Al haber renegado de todo exceso, practicaba la temperancia a la manera de un novicio: se prohibió la más mínima gota de alcohol. Era como un hombre desaliñado que, tras asearse, se queda chapoteando en el agua. Deseaba ser puro, religiosa, supersticiosamente. Era una tarea fácil, como he dicho, mientras su diosa sonreía: incluso aunque sonriera en efecto como una diosa, esto es, como un ser inaccesible. Pero si ella fruncía las cejas, si los cielos se ensombrecían, entonces Richard sólo dependía de sus propias buenas intenciones, un apoyo tan poco sólido para su ascensión, todo hay que decirlo, como una mata de hierba en la pared vertical de un acantilado. Pero por muy frágil que fuera, no dejaba de ser un asidero. La mata se deshacía, se caía, pero resistía aunque sólo fuera por una única fibra. Cuando Richard, en un acceso estúpido de rabia, se alejó trotando un centenar de metros de la puerta de Gertrude, se hizo la promesa, entre maldiciones, de que cualesquiera que fuesen los tormentos a los que se viera expuesto, no por ello rompería en lo más mínimo el curso de sus enmiendas. Bastante era ya estar ebrio mentalmente; no lo estaría físicamente. Un sentimiento singular, casi cómico de oposición a Gertrude respaldaba dicha decisión. «No, señora —exclamó en su fuero interno—, no volveré a caer. ¡Haga las cosas como le parezca!, pero yo permaneceré firme». Nos recuperamos de las grandes ofensas, de las grandes penas gracias al amor propio que aquéllas, seguramente, pretendían castigar. Aquella noche, Richard se fue a acostar sin cenar, tan austero como un monje trapista; y su primer impulso al día siguiente fue embrutecerse con una tarea cualquiera. No halló ninguna a su gusto, pero se pasó el día tan activa y mecánicamente ocupado que la imagen de Gertrude no tuvo ocasión de importunarlo. Se adentró en un trabajo de autodefensa, el trabajo más serio y absorbente al que puede dedicarse un hombre. Comparado con su propia salvación, a veces no le parecía muy importante, en definitiva, que Gertrude pudiera prestarle atención. Luego trataba de consolidar su virtud con las pruebas y experiencias más despiadadas. Daba largos paseos por el campo, pasando a tiro de piedra de todas las tabernas que pudieran reunirse en un solo circuito. Al acercarse a ellas a veces aminoraba la marcha, como si fuera a entrar; detenía su caballo, permanecía un instante con la mirada perdida y luego, con un golpe de espuelas, volvía a salir al galope como un hombre que saliera huyendo. En otros momentos, al final de la tarde, cuando las lámparas en las casas teñían de rojo las ventanas, se paseaba lentamente a pie, contemplando las estrellas y, tras mantener ese paso estoico durante un par de kilómetros, volvía corriendo a su propia casa oscura y solitaria. Al haber efectuado estas hazañas un cierto número de veces con éxito, sintió que volvía a surgir su deseo por Gertrude, pero despojado, entre tanto, de unos celos que ahora le parecían puro fruto de su imaginación. Hasta que una mañana se subió al caballo y se dirigió al trote a casa de Miss Whittaker.


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