Washington Square
Washington Square —Lo estoy desde el momento en que él me dijo que se habÃan prometido —respondió la señora Montgomery.
—Ah, ¿eso ha dicho? ¿Lo llama un compromiso?
—También me ha dicho que usted no lo aprueba.
—¿Le ha dicho que él no me agrada?
—SÃ, eso también me lo ha dicho. Y le contesté que yo no podÃa hacer nada —añadió la señora Montgomery.
—Desde luego que no puede. Lo que sà puede es decirme que estoy en lo cierto… ofrecerme una prueba, por asà decir. —Y el doctor acompañó este comentario con otra sonrisa profesional.
La señora Montgomery, por su parte, no sonrió en ningún momento. Era evidente que no podÃa tomarse a chanza esta observación.
—Eso es mucho pedir —dijo, tras una pausa.
—No me cabe duda, y, en conciencia, debo recordarle las ventajas que representarÃa para cualquier joven casarse con mi hija. Dispone de una renta propia de diez mil dólares, que le dejó su madre, y, si contrae matrimonio con un hombre que merezca mi aprobación, contará con casi el doble de esa cantidad cuando yo muera.
La mujer recibió con gran interés esta espléndida aclaración financiera. Nunca habÃa oÃdo hablar de miles de dólares con tanta naturalidad. Se sonrojó un poco agitada.