Washington Square
Washington Square —Si lo que me pide usted es una confesión de pobreza, no me resulta difÃcil. Soy muy pobre.
—Nadie lo dirÃa al verla a usted, ni esta casa tan agradable —señaló el doctor—. He sabido, por mi hermana, que sus ingresos son modestos y su familia numerosa.
—Tengo cinco hijos —dijo—. Pero me complace poder decir que los estoy criando con dignidad.
—Salta a la vista que es usted una mujer entregada y capaz. Aunque supongo que su hermano los habrá contado.
—¿Contado?
—Sabe que son cinco. Me dijo que está al cargo de su educación.
La mujer lo miró un momento y se apresuró a añadir:
—Ah, sÃ. Les da clases… de español.
El doctor soltó una carcajada.
—¡Seguro que con eso la alivia de una buena carga! Y su hermano, como es natural, también sabe que dispone usted de muy poco dinero.
—Se lo he dicho a menudo —respondió ella, con mayor reserva de la que habÃa mostrado hasta el momento. Se traslucÃa que le reconfortaba la clarividencia de su invitado.