Washington Square

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La señora Almond vivía bastante más al norte, en una calle muy larga que aún se encontraba en estado embrionario: una zona donde el ensanche de la ciudad empezaba a adoptar un aire teórico, donde los álamos crecían junto a las aceras (si es que las había), mezclándose su sombra con los tejados en punta de las desganadas construcciones holandesas, y donde los cerdos y las gallinas retozaban en el arroyo. Estos pintorescos rasgos del ambiente rural que hoy han desaparecido por completo del escenario urbano de Nueva York perviven todavía en la memoria de las personas de mediana edad que en su día habitaron en barrios cuya mención hoy podría causarles rubor. Catherine tenía muchos primos, y con los hijos de su tía Almond, que llegaron a ser nueve, estableció estrechas relaciones de intimidad. Cuando era pequeña inspiraba en sus primos cierto temor: la tenían, como suele decirse, por una niña educadísima, y una persona que vivía en la intimidad de su tía Lavinia por fuerza reflejaba una parte de la grandeza de aquella mujer. La señora Penniman era, para los hermanos Almond, un objeto más susceptible de admiración que de simpatía. Sus maneras se les antojaban formidables y extrañas, y su luto —vistió de negro veinte años a partir de la muerte de su marido, y una mañana, de buenas a primeras, apareció con rosas en el sombrero— se complicaba en lugares insólitos con aditamentos tales como hebillas, abalorios y alfileres, muy desalentadores para la confianza. Era demasiado estricta con los niños, para lo bueno y para lo malo, y los abrumaba con esa manera de esperar de ellos comportamientos sutiles. De ahí que visitarla fuese muy parecido a ir a la iglesia y tener que sentarse en el primer banco. Pasado algún tiempo se descubrió, sin embargo, que la tía Lavinia era un mero accidente en la existencia de Catherine y no una parte de su esencia, y que, cuando la niña iba a pasar un sábado con sus primos, se prestaba a «jugar a lo que hace el rey» e incluso a saltar a pídola. Así las cosas, no fue difícil llegar a un buen entendimiento, y Catherine confraternizó con sus primos por espacio de muchos años. Digo primos porque siete de los hijos de los Almond eran chicos, y Catherine tenía preferencia por los juegos que se practican mejor en pantalones. Poco a poco, los pantalones de los niños se fueron alargando y sus portadores dispersándose y abriéndose camino en la vida. Los mayores superaban a Catherine en edad, y los que no fueron a la universidad se colocaron en contadurías. Una de las hijas se casó puntualísimamente, mientras que la otra se comprometió con idéntica puntualidad. Para celebrar este último acontecimiento organizó su tía Almond la mencionada fiesta. Su hija iba a casarse con un tenaz agente de bolsa, un joven de veinte años: se tuvo por muy buena cosa.


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