Washington Square
Washington Square Tres o cuatro años antes de esta ocasión, el doctor Sloper había trasladado sus lares a la zona residencial de la ciudad, como se dice en Nueva York. Había vivido, desde que se casó, en un edificio de ladrillo rojo, con albardillas de granito y un espléndido montante en forma de abanico encima de la puerta, situado a cinco minutos andando del Ayuntamiento, en una calle que conoció sus mejores días, en el aspecto social, en torno a 1820. Poco después empezó a imponerse la moda de instalarse en el norte, pues, a decir verdad, la estrecha vía por la que fluye la ciudad de Nueva York no ofrecía otra alternativa, y el sonoro zumbido del tráfico se propagó aún más a derecha e izquierda de Broadway. En la época en la que el doctor Sloper cambió de residencia, el murmullo del comercio se había tornado en poderoso rugido, que sonaba como música en los oídos de los ciudadanos de bien interesados en el crecimiento de la actividad comercial, como se complacían en denominarla, de su afortunada isla. El interés del doctor por este fenómeno era sólo tangencial —aunque a la vista de que la mitad de sus pacientes fueron convirtiéndose con el paso de los años en hombres de negocios sobrecargados de trabajo, tal vez debiera haber sido más inmediato para él— y cuando buena parte de las casas de sus vecinos (igualmente decoradas con albardillas de granito y grandes montantes en forma de abanico) se transformaron en oficinas, almacenes, agencias mercantiles y otros negocios relacionados con los usos comerciales, resolvió trasladarse a un lugar más apacible. El ideal de tranquilidad y de retiro elegante, en 1835, se encontraba en Washington Square, y allí se hizo construir el doctor una casa bonita, moderna, con una amplia fachada en la que habilitó una gran terraza junto a las ventanas del salón, y un tramo de blancas escaleras de mármol que conducían hasta el porche, también revestido de mármol blanco. Esta estructura, como muchas de las viviendas colindantes con las que guardaba un parecido exacto, pasaba por incorporar, hace cuarenta años, los últimos avances de la ciencia arquitectónica, y todas ellas siguen siendo, a día de hoy, construcciones honorables y de probada solidez. Se erguían alrededor de una plaza cercada por una valla de madera y provista de abundante vegetación silvestre, lo que acrecentaba su sencilla apariencia rural. A la vuelta de la esquina se encontraba la zona más distinguida de la Quinta Avenida, que partía de allí con un aire confiado y espacioso en el que se adivinaba un destino prometedor. Tal vez se deba a la ternura que inspiran sus orígenes, pero lo cierto es que esta zona de Nueva York es para muchos la más exquisita. Ostenta una suerte de consolidada serenidad que no se observa con frecuencia en otros barrios de la larga y bulliciosa urbe. Tiene un aire más maduro, más rico y más distinguido que cualquiera de las ramificaciones hacia el norte del gran eje vertical: la apariencia de haber albergado algo de historia social. Fue aquí, como seguramente saben de buena tinta, donde llegaron ustedes a un mundo que parecía ofrecer una abundante variedad de intereses; fue aquí donde en otro tiempo vivieron sus abuelas, en venerable aislamiento, y donde éstas dispensaron una hospitalidad tan apreciada por la imaginación como por los paladares infantiles; fue aquí donde, con paso inseguro, se adentraron ustedes por vez primera en territorios desconocidos de la mano de sus niñeras, donde aspiraron el peculiar olor de los ailantos que a la sazón proporcionaban a la plaza su principal fuente de sombra, esparciendo un aroma que, a falta del criterio suficiente, no podían ustedes rechazar como se merecía; fue aquí, en definitiva, donde su primera escuela, regentada por una anciana provista de una férula, de amplio pecho y sólidas raíces, que bebía té a todas horas en una taza azul con un platito desparejado, amplió el círculo tanto de sus observaciones como de sus sensaciones. Fue aquí, en todo caso, donde mi heroína pasó muchos años de su vida, lo cual constituye mi excusa para esta digresión topográfica.