Washington Square

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III

De niña prometía ser alta, pero a los dieciséis años dejó de crecer, y su estatura, como otros rasgos de su constitución, no llegó a destacar. Era, de todos modos, una muchacha fuerte, bien formada, y gozaba por fortuna de una excelente salud. Ya se ha señalado que el doctor era un filósofo, aunque no habría respondido yo por su filosofía de haber sido la pobre chica enfermiza y delicada. Su aspecto saludable constituía su principal certificado de belleza, y tenía una piel lozana y clara, en la que el rojo y el blanco se combinaban armoniosamente, que daba gusto verla. Los ojos eran pequeños y serenos, las facciones más bien toscas, el pelo castaño y suave. Los críticos más severos la calificaban de normal y corriente, mientras que los más imaginativos veían en ella a una joven elegante y silenciosa, pero ni los unos ni los otros se molestaban demasiado en hablar de ella. Cuando, según lo inculcado, comprendió que era una señorita —tardó mucho en llegar a convencerse—, despertó en ella un llamativo gusto por la moda. Llamativo es el término más exacto. Se me antoja que debiera escribirlo en letra muy pequeña, pues su criterio no era ni mucho menos infalible; se prestaba a confusiones y a situaciones embarazosas. Su indulgencia en este extremo respondía a los deseos de expresión de una naturaleza desorientada: ambicionaba vestir con elocuencia y compensar su retraimiento con la rotundidad de su indumentaria. Y, si de veras se expresaba a través de sus vestidos, a nadie puede culparse por no pensar que Catherine era una chica ingeniosa. Debe añadirse que, aun cuando tenía expectativas de heredar una fortuna —el doctor Sloper llevaba muchos años ganando veinte mil dólares anuales y ahorrando la mitad de sus ingresos—, la cantidad de la que disponía para sus gastos no era muy superior a la asignación de muchas jóvenes de condición más humilde. En el Nueva York de aquella época, aún podía verse una trémula llama en algunos altares del templo de la sencillez republicana, y al doctor le habría complacido mucho ver a su hija presentarse, con gracia clásica, como sacerdotisa de esta atemperada creencia. En privado hacía una mueca de disgusto al pensar que Catherine, además de ser fea, vestía con demasiada ostentación. Él, por su parte, disfrutaba con las cosas buenas de la vida y las utilizaba en abundancia, pero le aterraba la vulgaridad, e incluso albergaba la hipótesis de que era un fenómeno creciente en la sociedad que lo rodeaba. Por otro lado, el lujo en Estados Unidos no había alcanzado hace treinta años ni mucho menos las cotas de hoy, y el sagaz padre de Catherine tenía una visión algo anticuada de la educación de los jóvenes. No había llegado a formular una teoría precisa sobre el particular, pues, por aquel entonces, las personas no se veían en la necesidad de pertrecharse con una colección de teorías. Sencillamente encontraba más acertado y más razonable que una muchacha bien educada no cargase con la mitad de su fortuna sobre sus hombros. Catherine tenía unos buenos hombros y habría podido cargar con una cantidad de peso muy estimable, mas, por consideración hacia su padre, jamás se permitió manifestarlo, y nuestra heroína ya había cumplido los veinte cuando se dio el capricho de comprar un vestido de noche de satén rojo, adornado con flecos dorados, tras largos años codiciando esta prenda en secreto. Cuando se lo ponía parecía una mujer de treinta. Lo curioso es que, a pesar de esta afición por los vestidos, no había en Catherine ni una pizca de coquetería, y lo único que le preocupaba cuando los lucía era que la ropa, y no ella, causara una buena impresión. Aunque la historia no ha sido explícita sobre este punto, las conjeturas están justificadas. Con tan espléndidas vestiduras se presentó en una reunión organizada por su tía, la señora Almond. La joven tenía a la sazón veinticinco años y aquella fiesta iba a ser el comienzo de algo muy importante.


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