Washington Square
Washington Square Estas observaciones, que en sí mismas no revestían gran profundidad, parecía ofrecerlas el señor Townsend por lo que valían y como tributo a una persona conocida. Miraba a Catherine a los ojos. Ella no respondía; sólo escuchaba y lo observaba. Y el joven, como si no esperase ninguna réplica en particular, siguió hablando de otros muchos asuntos en el mismo tono cómodo y espontáneo. Catherine, aunque se había quedado muda, no se sentía incómoda. Parecía indicado que él se explayara y ella se limitara a mirarlo. Lo que hacía que todo resultase tan natural era que él fuese tan atractivo o, mejor dicho, así lo pensó Catherine, tan guapo. La música, que había cesado unos momentos, no tardó en sonar de nuevo. Y entonces, con una sonrisa más amplia y más acentuada, el joven le preguntó si le haría el honor de bailar con él. Ni siquiera a esta solicitud respondió ella con un asentimiento audible. Simplemente dejó que él le pasara un brazo por el talle —en ese momento se le ocurrió, con más intensidad que nunca, que aquél era un lugar muy singular para que en él descansara el brazo de un caballero— y al momento se dejó conducir, siguiendo la armoniosa rotación de la polca. Terminado el baile, se sintió acalorada y dejó de mirarlo unos instantes. Se abanicó y contempló las flores pintadas en su abanico. El joven le preguntó si le apetecía seguir bailando, y Catherine vaciló antes de responder, con la mirada puesta en las flores.