Washington Square
Washington Square Encontró un buen sitio, un rincón encantador; un pequeño sofá que parecía concebido exclusivamente para dos. A esas alturas la casa estaba abarrotada: el número de bailarines había aumentado y los invitados se congregaban alrededor de la escena, de manera que Catherine y su acompañante pasaban inadvertidos y parecían aislados. «A charlar», había dicho el joven, pero seguía siendo el único que hablaba. Catherine estaba reclinada en el asiento, sin apartar los ojos de él, sonriendo y pensando que era un muchacho muy inteligente. Sus rasgos se asemejaban a los modelos pictóricos; nunca había visto ella unas facciones tan delicadas, tan bien cinceladas y definidas entre los jóvenes neoyorquinos con los que se cruzaba en la calle o coincidía en un baile. Era alto y delgado, pero de aspecto fuerte. Nuestra heroína pensó que parecía una escultura, aunque una escultura no hablaría de ese modo y, sobre todo, no tendría los ojos de un color tan peculiar. Él no había estado nunca en casa de los Almond. Se sentía como un extraño y agradecía la amabilidad de Catherine al apiadarse de él. Era primo de Arthur Townsend —no demasiado cercano; varios grados de parentesco los separaban— y éste lo había invitado para presentarle a la familia. La verdad es que era un completo extraño en Nueva York. Había nacido allí, pero llevaba muchos años fuera de la ciudad. Había estado viajando por el mundo y viviendo en lugares exóticos; apenas hacía dos meses que había regresado. Nueva York era muy agradable, pero se sentía solo.