Washington Square
Washington Square No podría haber pronunciado las mismas palabras dos días después, por ejemplo el martes, cuando por fin recibió una carta de Morris Townsend. Era una misiva bastante extensa, ocupaba cinco cuartillas, y la escribía desde Filadelfia. Se trataba de un documento explicativo, y explicaba muchas cosas: entre ellas destacaban las consideraciones que habían llevado a su autor a aprovechar una imprevista ausencia «profesional» con la intención de borrar de sus pensamientos la imagen de aquella en cuyo camino se había cruzado sólo para sembrarlo de ruinas. Confiaba en cosechar tan sólo un éxito parcial en este empeño, si bien le prometía que, aun cuando fracasara, jamás volvería a interponerse entre el generoso corazón de Catherine, sus brillantes perspectivas de futuro y sus deberes filiales. Concluía con la insinuación de que sus metas profesionales quizá lo obligaran a pasar unos meses viajando, y con la esperanza de que cuando ambos se hubieran acomodado a las exigencias de sus respectivas posiciones —por más que necesitaran años para alcanzar este resultado—, debían volver a verse como amigos, como compañeros de infortunios, como víctimas filosóficas aunque inocentes de una severa ley social. Que la vida de ella fuese apacible y feliz era el mayor de los deseos que aún se atrevía a suscribir su más seguro servidor. Era una carta muy bien escrita, y Catherine, que la conservó muchos años, pudo admirar con el paso del tiempo, cuando su amargo significado y la vacuidad de su tono se fueron atenuando, la elegancia de su expresión. En un principio, y hasta mucho después de recibirla, no encontró más ayuda que la determinación, cada día más inflexible, de no apelar a la compasión de su padre.