Washington Square
Washington Square —No le gusto; no le gusto —dijo Morris Townsend, dirigiéndose a la señora Penniman como antes se habÃa dirigido a su sobrina—. No le gusto nada.
A diferencia de Catherine, la señora Penniman no pidió explicaciones. Se limitó a sonreÃr con dulzura, como si lo entendiera todo; y, a diferencia de Catherine, no intentó llevarle la contraria.
—¿Y eso qué más da, por favor? —murmuró en voz baja.
—¡Vaya, usted sà que sabe responder! —dijo Morris, con gran satisfacción de la señora Penniman, que presumÃa de conocer siempre la palabra perfecta.
En su siguiente encuentro con su hermana Elizabeth, el doctor le contó que habÃa conocido al protegido de Lavinia.
—FÃsicamente es un joven de extraordinarias dotes. Para un anatomista como yo es un verdadero placer contemplar una estructura tan perfecta; claro que si todo el mundo fuese como él supongo que no habrÃa necesidad de médicos.
—¿Es que cuando miras a la gente sólo te fijas en sus huesos? —preguntó la señora Almond—. ¿Qué piensas de él, como padre?
—¿Como padre? ¡Gracias a Dios no soy su padre!
—No; pero eres el padre de Catherine. Lavinia me ha dicho que la chica está enamorada.