Washington Square
Washington Square —Eso está muy bien, pero no es precisamente lo que me hubiera gustado que usted dijera. Me habrÃa gustado más que dijese: «¿Qué importancia tiene que mi padre no tenga una buena opinión de usted?».
—Es que sà la tendrÃa. ¡Yo no puedo decir eso! —exclamó la muchacha.
Morris la observó unos instantes, con una leve sonrisa. Y, si el doctor lo hubiese mirado en ese momento, habrÃa detectado un destello de sutil impaciencia en la afable suavidad de su mirada. Sin embargo, no hubo ninguna impaciencia en su réplica; ninguna en absoluto, a no ser por el pequeño suspiro de súplica con que la acompañó.
—¡Muy bien! En ese caso no debo renunciar a la esperanza de que su padre cambie de opinión.
Se expresó con mayor franqueza ante la señora Penniman en el curso de la velada, pero antes interpretó dos o tres canciones, ante la tÃmida petición de Catherine; no con la vana ilusión de granjearse asà la simpatÃa del padre. TenÃa una voz de tenor dulce y clara y, cuando terminó su actuación, todo el mundo se permitió elogiarla; todos, claro está, menos Catherine, que guardó un profundo silencio. La señora Penniman declaró que tenÃa una manera de cantar «muy artÃstica» y el doctor Sloper la calificó de «muy sugestiva, verdaderamente muy sugestiva». Lo dijo en voz alta y clara, aunque con cierta aspereza.