Washington Square

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En la época que nos incumbe tenía alrededor de cincuenta años y se hallaba en la cumbre de su popularidad. Era muy ingenioso y en la mejor sociedad de Nueva York se lo tenía por hombre de mundo, pues de cierto lo era cumplidamente. Me apresuro a añadir, en anticipación de posibles equívocos, que no era ni por asomo un charlatán. Era un hombre honrado a carta cabal: honrado hasta un extremo de cuya grandeza quizá no tuviera la ocasión de dar la medida exacta; y, aun considerando el buen talante que distinguía al círculo social en el que practicaba su oficio, donde todos presumían de contar con el médico más «brillante» del país, Sloper justificaba a diario los talentos que el sentir popular le atribuía. Era un observador, y hasta un filósofo, y ser brillante era una cualidad tan natural en él, tan fácil le resultaba (de acuerdo con el sentir popular), que jamás buscaba causar sensación ni recurría a las argucias y las pretensiones de las celebridades de segunda. Bien es verdad que la fortuna le había favorecido, de ahí que pudiera transitar cómodamente por las sendas de la prosperidad. Se había casado a los veintisiete años, por amor, con una muchacha encantadora, la señorita Catherine Harrington, de Nueva York, que aportó al matrimonio, además de sus encantos, una dote sustancial. La señora Sloper era afable, grácil, inteligente y elegante, y en 1820 figuraba entre las jóvenes hermosas de la pequeña aunque prometedora capital que, arracimada en torno a la batería de cañones, dominaba la bahía y se extendía hacia el norte hasta Canal Street, donde la hierba crecía al borde del camino. Ya a la edad de veintisiete años Austin Sloper había dejado huella suficiente para mitigar la anomalía de ser el elegido entre una docena de pretendientes por una joven de la alta sociedad, dueña de una renta de diez mil dólares anuales y de los ojos más bonitos de la isla de Manhattan. Aquellos ojos, sumados a otras cualidades, fueron por espacio de cinco años una fuente de honda satisfacción para el joven médico, que era un marido tan devoto como feliz.


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