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Casarse con una mujer rica no alteró las pautas que se había trazado, y el doctor Sloper cultivó su profesión con un propósito tan firme como si no dispusiera de más recursos que la parte del modesto patrimonio que, a la muerte de su padre, se dividió entre los hermanos. No era su principal afán ganar dinero, sino más bien aprender algo y hacer algo en la vida. Aprender algo interesante y hacer algo útil; tal era, en líneas generales, el plan que había esbozado y cuya validez no juzgó que debiera verse en modo alguno menoscabada por la circunstancia de que su mujer gozase de una renta muy apreciable. Disfrutaba con la práctica y el ejercicio de una habilidad de la que era gratamente consciente, y tan patente resultaba que nada sino médico podía haber sido, que médico se empeñó en ser en las mejores condiciones posibles. Claro es que su holgada situación familiar le ahorró no pocos engorros, y que las relaciones de su mujer con «la mejor sociedad» le procuraron numerosos pacientes cuyos síntomas, sin ser en sí mismos más interesantes que los de las clases bajas, sí se exhibían con mayor rotundidad. Deseaba experiencia, y en un lapso de veinte años la cosechó en abundancia. Debe añadirse que dicha experiencia, al margen de cuál pudiera ser su valor intrínseco, se reveló en ocasiones todo lo contrario de agradable. Su primer hijo, un niñito sumamente prometedor conforme a la sólida opinión del padre, que era poco proclive a entusiasmos gratuitos, murió al cumplir los tres años, a despecho de los incontables recursos que la ternura materna y la ciencia paterna idearon para salvarlo. Dos años después la señora Sloper dio a luz a un segundo retoño; un pobre retoño que, en razón de su sexo, así lo entendía el doctor, no podía sustituir a su llorado primogénito, a quien el padre se había prometido convertir en un hombre admirable. La llegada de la niña supuso una decepción; pero esto no fue lo peor. Una semana después del parto, la joven madre, que hasta el momento parecía recuperarse satisfactoriamente, como reza el dicho, empezó a presentar de buenas a primeras síntomas alarmantes, y antes de que hubiese pasado una semana Austin Sloper había enviudado.


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