Washington Square

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Tratándose de un hombre cuya profesión consistía en salvar vidas, ni que decir tiene que con su propia familia había fracasado estrepitosamente; y un médico brillante que en el plazo de tres años pierde a su mujer y a su hijo acaso debiera haberse preparado para ver cómo su reputación o su habilidad profesional se ponían en entredicho. Nuestro amigo, sin embargo, se libró de la crítica ajena, aunque no de la propia, que era con mucho la más autorizada y la más severa. Soportó el peso de esta íntima censura para el resto de sus días, y llevó por siempre las cicatrices del castigo que la mano más cruel que hasta la fecha había conocido le infligió la noche siguiente a la muerte de su mujer. El mundo, que, como ya se ha dicho, lo apreciaba, se compadeció demasiado de su desgracia para incurrir en ironías. Su infortunio le volvía más interesante si cabe, y hasta contribuyó a ponerlo de moda. Se señaló que ni siquiera las familias de los médicos se libraban de las enfermedades más insidiosas y, además, el doctor Sloper ya había perdido a otros pacientes antes que a los dos mencionados, lo cual constituía un honroso precedente. Le quedaba su hijita y, aunque la niña no era lo que él deseaba, se propuso hacer cuanto pudiese por ella. Disponía de una reserva de autoridad intacta, de la cual la pequeña pudo beneficiarse en abundancia en sus primeros años de vida. Se la bautizó, naturalmente, con el nombre de su pobre madre, y ni siquiera en su más tierna infancia el doctor la llamó otra cosa que no fuese Catherine. Creció fuerte y saludable, y, al mirarla, su padre se decía que, siendo así, al menos no debía temer por su pérdida. Digo «siendo así» porque, a decir verdad… Pero ésta es una verdad cuya revelación prefiero postergar.


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