Washington Square
Washington Square —En ese caso, ¿qué haremos si tiene miedo?
Catherine se mostró indecisa.
—No deje de venir por casa —dijo al fin—. A eso no le tengo miedo.
—Yo preferirÃa que nos viésemos en la Plaza —la apremió el joven—. Ya sabe lo solitaria que suele estar. Nadie nos verá.
—No me preocupa que nos vean. Pero ahora déjeme.
El señor Townsend se retiró con resignación; habÃa logrado su propósito. Ignoraba, por fortuna, que media hora más tarde, cuando volvÃa a casa con su padre, al sentir su cercanÃa, la pobre muchacha volvió a temblar, tras este súbito arranque de coraje. El doctor no dijo nada, pero Catherine estaba segura de que no dejaba de mirarla en la oscuridad. La señora Penniman también callaba. Morris Townsend le habÃa contado que su sobrina, ajena a todo romanticismo, preferÃa una conversación en un salón tapizado de cretona antes que una idÃlica cita en una fuente salpicada de hojas muertas, y la mujer no cabÃa en sà de asombro ante la rareza —casi la perversidad— de semejante elección.