El loco de Dios en el fin del mundo
El loco de Dios en el fin del mundo Durante los días siguientes, mientras seguíamos el periplo del Papa por Mongolia, no pude dejar de rumiarla. Francisco no me ofreció pruebas, ni lógica, ni dogmas. Solo una certeza desnuda. Y eso era, en sí mismo, más impactante que cualquier demostración racional.
Lo observé más de cerca entonces. En cada gesto suyo, en cada palabra dirigida a los pobres, a los olvidados, había algo de locura. Pero de una locura serena, lúcida. La locura de quien ha visto algo que los demás no vemos. Y no intenta imponerlo, solo compartirlo.
—Lo esencial no se impone —decía en una charla con los misioneros locales—. Se muestra. Se vive.
Esa fue otra revelación. El cristianismo de Francisco no era una ideología. Era una forma de estar en el mundo. No pretendía tener razón, pretendía acompañar. Y eso, para un escéptico como yo, era desconcertante.
Volví a pensar en mi madre. En su mirada antes de morir. En su anhelo de reencontrarse con mi padre. ¿Y si no era una ilusión? ¿Y si era el rastro de algo más grande, más real incluso que lo tangible?
Esa duda se instaló en mí como un huésped inesperado. No para convertirme, sino para acompañarme. Porque hay preguntas que no se responden, pero tampoco se disuelven.