El loco de Dios en el fin del mundo
El loco de Dios en el fin del mundo Los días siguientes fueron una sucesión de encuentros, misas, caminatas, saludos. Pero lo esencial no estaba en los actos oficiales, sino en los gestos. En el modo en que Francisco miraba a la gente, se detenía con los niños, tocaba las manos agrietadas de los ancianos.
Una tarde, lo vi solo, sentado en un banco de madera frente a una iglesia improvisada. Me acerqué. No dije nada. Él tampoco. Pero en ese silencio compartido sentí algo parecido a la paz. Algo que no era fe, pero quizá sí una grieta en mi escepticismo.
En los discursos del Papa, una idea se repetía como un mantra: —La periferia es el centro—. Hablaba de la Iglesia como hospital de campaña, como refugio, no como fortaleza.
—No somos una élite. Somos los que acompañan—, dijo en una homilía que me caló hondo.
Y entonces entendí que este viaje no era solo un testimonio. Era una confrontación. Entre su creencia radical en el amor, y mi racionalismo agotado. Entre su entrega sin condiciones, y mi prudencia cobarde. Entre su Dios, y mi vacío.
La noche antes de nuestro encuentro privado, escribí en mi cuaderno: “Mañana le preguntaré lo que nunca me atreví a preguntar. No sé si busco consuelo o verdad. Tal vez ambas cosas.”