La muy catastrófica visita al zoo
La muy catastrófica visita al zoo El director del nuevo colegio, un hombre larguirucho que siempre sonríe demasiado, los recibe con promesas y palmaditas en la espalda. Intenta caerles bien. Les asigna un aula en la planta alta, les deja llevar su maceta de flores, y hasta una mesa para la plastilina de Yoshi. Pero Joséphine lo observa con sospecha.
—“¿Por qué viene tanto a nuestra clase?”, pregunta. —“Será que no tiene nada mejor que hacer”, dice Otto.
El director aparece cada día. A veces varias veces. Siempre con la misma pregunta: —“¿Todo bien, bribonzuelos?”
Y la misma promesa vaga: la excursión al zoológico sigue en pie. Pero no se concreta. Siempre hay papeleo, permisos, complicaciones. Y los niños, que no olvidan, empiezan a atar cabos. ¿Será coincidencia que el director se muestre tan amable justo ahora? ¿Será que él sabe más de lo que aparenta?
Joséphine y sus amigos no bajan la guardia. Siguen buscando pistas sobre la inundación, aunque el entorno les es cada vez más hostil. Los otros alumnos los miran raro. Los profesores apenas los registran. Se sienten observados. Evaluados. Como si fueran... un experimento.
