Kenobi
Kenobi —Esto no es una simple incursión —dice, la ira vibrando en su voz—. Nos están cazando.
Los demás murmuran en acuerdo. Annileen Calwell también está ahÃ, con el rostro tenso, abrazando a su hija Kallie.
Ben permanece en las sombras, invisible entre el tumulto. No deberÃa estar aquÃ.
Pero algo no encaja. Examina la escena con ojos entrenados. Los tusken no suelen dejar los cuerpos atrás. Y lo más extraño: no hay huellas en la arena.
Entonces ve algo más.
Cerca de la entrada de la granja, marcas de bláster en la pared, en una lÃnea demasiado precisa. Demasiado organizada.
No es el estilo salvaje de los moradores de las arenas.
—Hay que responder —gruñe Orrin—. Si no lo hacemos, estamos muertos.
Los colonos asienten. Ya no es una discusión. Es un juramento.
—Mañana al amanecer, tomamos las armas —anuncia Orrin—. Vamos a devolverles el golpe.
Ben siente una punzada en el pecho. Esto es exactamente lo que los verdaderos atacantes quieren.
Pero no puede decir nada.
No debe.
