La vieja guardia
La vieja guardia Se agacha con dificultad, pasando los dedos por la inscripción en la piedra. Cuatro palabras: Amada esposa y madre. Tan insuficientes para describirla. Tan injustas. Pero no hay más tiempo para lamentos.
Su siguiente parada es la oficina de reclutamiento.
La reclutadora ni siquiera levanta la vista de su pantalla cuando él entra.
—¿Viene o va? —pregunta en tono monótono.
—¿Disculpe?
—¿Viene a hacer su solicitud de alistamiento o ya es su cumpleaños?
John sonrÃe. Claro que saben su edad. Las Fuerzas de Defensa Coloniales solo reclutan a personas de setenta y cinco años.
—Voy —responde.
Finalmente, la mujer lo mira, estudiándolo como si ya supiera todo lo que necesita saber.
—John Perry.
—Ese soy yo.
Ella asiente, desliza un formulario sobre la mesa y le pasa un escáner de identificación.
—¿Tiene dudas sobre lo que está a punto de hacer?
John niega con la cabeza y firma. Con una sola firma, su vida entera queda atrás.
