Sigo siendo yo
Sigo siendo yo El agente selló su pasaporte con un golpe seco.
—Buena suerte, Louisa Clark —dijo, y esa simple frase, pronunciada sin emoción, se sintió como una bendición inesperada.
Nathan, su amigo y casi cómplice en esta nueva aventura, la recibió en Llegadas con un abrazo tan fuerte que hizo que todo el peso del viaje y la pérdida casi se evaporara. El coche que condujo hasta su nuevo hogar parecía salido de una película: un gigantesco Mercedes negro que se deslizaba silenciosamente por la ciudad que nunca dormía.
—Bienvenida a Nueva York, pequeñaja —bromeó Nathan, y Lou no pudo evitar sonreír.
La ciudad se desplegó frente a ella como un sueño borroso. Puentes colosales, rascacielos que perforaban el cielo, y una energía palpitante que parecía empujarla hacia adelante. Por un momento, olvidó el dolor, el miedo y la tristeza. Estoy aquí. Estoy empezando de nuevo , pensó.
La residencia Gopnik en la Quinta Avenida era un templo al viejo dinero: mármoles, cortinas damasquinadas y ascensores de bronce que susurraban historias de generaciones pasadas. Allí, en un diminuto cuarto de servicio, Louisa desempaquetó su vida: fotografías, recuerdos, sueños.