Sigo siendo yo
Sigo siendo yo Desde ese instante, Lou comprendió que había entrado en un territorio minado, donde la compasión podía ser vista como una amenaza y el afecto, como una traición.
La rutina de Agnes era una coreografía forzada: clases de pilates, visitas al club de campo, eventos sociales donde cada sonrisa era un campo de batalla. Lou la acompañaba en silencio, vestida con su uniforme, tan parte del mobiliario como las cortinas pesadas o los suelos de parquet lustrado.
Agnes era amable, sí, pero su amabilidad era un edificio tambaleante, construido sobre inseguridades profundas. Detrás de sus bromas y sus risas, Lou detectaba una desesperación apenas disimulada.
—No entienden que yo no soy como ellos —le confesó una tarde, mientras se quitaba los tacones en la limusina, agotada tras un almuerzo donde las esposas de los socios habían desplegado su arsenal de desprecio pasivo.
Louisa, aún nueva en este juego cruel de apariencias, intentaba animarla, pero no siempre sabía qué decir. El aire estaba cargado de resentimientos invisibles, y cada gesto malinterpretado podía ser una nueva herida.