Sigo siendo yo
Sigo siendo yo Entre las paredes doradas del Lavery, las alianzas eran frágiles y los favores, moneda de cambio. Ilaria, la ama de llaves, trataba a Lou con un desdén apenas disimulado. Las empleadas del edificio cuchicheaban a espaldas de Agnes, llamándola la trepadora, la polaca. Incluso la hija del Sr. Gopnik, Tabitha, la miraba como si fuera una mancha sobre el lustroso linaje familiar.
Una noche, en el rincón menos transitado de la casa, Lou escuchó, sin querer, una discusión sofocada:
—¡Nunca seré suficiente para ellos! —lloraba Agnes.
—No importa, cariño. Para mÃ, tú lo eres todo —susurraba Leonard, intentando contenerla.
Pero incluso susurros como esos, cargados de amor, parecÃan incapaces de reconstruir los muros que Agnes sentÃa derrumbarse cada dÃa.
Y Lou, atrapada entre la lealtad y la compasión, entendió que su trabajo no era solo asistir a Agnes, sino también ser su escudo, su cómplice silenciosa en una guerra frÃa que se libraba entre copas de champán y sonrisas afiladas.
En las calles de Nueva York, el bullicio era vida. Dentro del Lavery, el silencio era un grito contenido.
Y mientras la ciudad brillaba tras los ventanales, Lou empezaba a preguntarse cuánto tiempo podrÃa mantenerse intacta antes de que el peso de tantos secretos la aplastara también.