Milei
Milei El salto de Milei desde la televisión al sillón presidencial representa una anomalía institucional con riesgos profundos. Su falta de experiencia política se traduce en una visión reduccionista del Estado: lo concibe como un enemigo a destruir, no como una herramienta a reformar. Esa lógica binaria —libertad o esclavitud, casta o pueblo, héroes o traidores— choca con las complejidades del gobierno real, donde negociar, ceder y construir consensos son condiciones para la gobernabilidad. Su retórica incendiaria, efectiva como opositor, se vuelve disfuncional como presidente. Las instituciones no son un escenario para gritar, sino para decidir. Pero en su lógica de combate constante, el adversario nunca desaparece: se reinventa. Quien no obedece, traiciona. Quien modera, claudica. Así, las reglas del juego democrático se tensan, se vuelven frágiles. La obsesión por destruir lo anterior puede arrasar con los frenos y contrapesos que protegen la república. Y cuando el poder se concibe como una cruzada personal, la crítica se transforma en sacrilegio. El outsider que promete limpiar la política termina concentrando poder y debilitando instituciones, repitiendo el viejo ciclo del caudillismo bajo una nueva bandera.