Yawar fiesta
Yawar fiesta Porque los comuneros habÃan comprendido algo profundo: si la historia no los escuchaba, entonces hablarÃan con sangre.
El amanecer del 28 de julio trajo una calma sospechosa. Los ayllus despertaron con los primeros gallos, pero no hubo música. No aún. Los comuneros se vistieron como para una ceremonia de muerte. Cintas rojas en los sombreros, ponchos con dibujos de guerra, los rostros curtidos por el sol y el miedo disfrazado de furia. En los caminos, el silencio era tan espeso como el barro tras la lluvia.
La plaza, que el gobierno habÃa declarado clausurada para la corrida, se llenó de cuerpos antes del mediodÃa. Desde los cerros, los comuneros bajaban en grupos, algunos con quenas, otros con hondas, todos con los ojos puestos en el centro. El sargento intentó dispersarlos, pero nadie se movió. El funcionario de Lima, pálido, murmuró:
—Esto es una insurrección.
—Esto es un pueblo —le respondió don Pancho, sin quitarle la vista de encima.
