Yawar fiesta
Yawar fiesta El silencio que siguió al Yawar Fiesta fue más inquietante que el estruendo del Misitu. Puquio parecÃa contener el aliento. No por miedo, sino por esa pausa densa que sobreviene tras la revelación. El pueblo no habÃa explotado, pero sà se habÃa transformado. Las reglas no escritas se reacomodaban lentamente, como las piedras tras un sismo.
Los comuneros, lejos de celebrarse, regresaron a sus chacras, a sus acequias, al trabajo. Pero algo en sus pasos habÃa cambiado. Caminaban más erguidos, más conscientes del suelo que pisaban. La hazaña no les dio poder, pero sà un nuevo tipo de respeto. Los mistis, al verlos pasar, bajaban la mirada un segundo más de lo habitual.
En el jirón BolÃvar, el murmullo era constante. La autoridad habÃa fallado, y eso pesaba como un secreto que nadie querÃa confesar. El sargento, que durante años creyó en el orden por decreto, comenzó a dudar. Miraba los documentos con desdén, como si fueran hojas sin peso.
—¿Qué valor tiene una ley que no entiende al pueblo? —le preguntó al funcionario, que ya empacaba su maleta rumbo a Lima.
—Allá se reirán de mÃ. Dirán que fui débil.
