La profecía del abad negro
La profecía del abad negro Ada sintió un escalofrío. La estación tenía el aire de un lugar olvidado por el tiempo. Quiso ignorar al hombre, pero sus palabras la persiguieron mientras esperaba. El abad negro. Algo en ese nombre le dejó un mal presentimiento.
—¿Es usted la señorita Boyle?
La voz de Richard Higgins, el vigilante del colegio, la sacó de sus pensamientos. Pequeño, calvo y de expresión cansada, el hombre la escoltó hasta un coche viejo que la llevaría a su nueva casa.
—Espero que el viaje haya sido agradable —dijo Higgins, encendiendo el motor.
Ada apenas respondió. El whisky y la biblia seguían flotando en su mente.
—¿Quién era ese hombre en la estación? —preguntó al fin.
Higgins hizo una mueca.
—Chris. Un vagabundo. No le haga caso, dice muchas tonterías.
Pero el tono en su voz no sonaba del todo seguro.
El coche avanzó por caminos estrechos, rodeados de árboles que el viento sacudía como si quisieran arrancarlos del suelo. Cuando al fin entraron a la propiedad del colegio, Ada vio su nueva casa: una construcción de dos plantas, con un jardín descuidado y una verja de hierro oxidada. Y más allá, en la distancia, las ruinas de la abadía.