El Libro de Mormón

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  9:21 He aquí, hijo mío, no puedo encomendarlos a Dios, no sea que él me castigue.

  9:22 Mas he aquí, hijo mío, te encomiendo a Dios, y confío en Cristo que te salvarás; y le pido a Dios que te conserve la vida para que seas testigo o del regreso de este pueblo a él, o de su entera destrucción; porque yo sé que deben perecer, a menos que se arrepientan y vuelvan a él.

  9:23 Y si perecen, será como los jareditas, por motivo de la obstinación de sus corazones en buscar sangre y venganza.

  9:24 Y si es que perecen, sabemos que un gran número de nuestros hermanos se han pasado a los lamanitas, y que muchos otros también desertarán a ellos. Escribe, pues, algunas cosas, si eres preservado y yo muero y no te veo más; pero confío en que pueda verte pronto, porque tengo unos anales sagrados que quisiera entregarte.

  9:25 Hijo mío, sé fiel en Cristo; y que las cosas que he escrito no te aflijan, para apesadumbrarte hasta la muerte; sino Cristo te anime, y sus padecimientos y muerte, y la manifestación de su cuerpo a nuestros padres, y su misericordia y longanimidad, y la esperanza de su gloria y de la vida eterna, reposen en tu mente para siempre.


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