El delincuente honrado
El delincuente honrado JUSTO.- (Lee.) «Enterado el Rey de que las averiguaciones hechas últimamente en la causa del desafío y muerte del marqués de Montilla, en que V. S. entiende de su orden, han producido la prisión del sirviente del mismo marqués, que se hallaba prófugo en Madrid, y de que con este motivo se espera descubrir y arrestar al matador, quiere S. M. que, si así sucediese, proceda V. S. a recibir su confesión al reo; y no exponiendo en ella descargo o excepción que, legítimamente probados, le eximan de la pena de la ley, determine V. S. la causa conforme a la última pragmática de desafíos, consultando con S. M. la sentencia que diere, con remisión de los autos originales por mi mano; todo con la posible brevedad. Nuestro Señor guarde a V. S. muchos años. -San Ildefonso, etc. -Señor don Justo de Lara». (Paseándose con inquietud.) ¡Tanta priesa! ¡Tanta precipitación...! ¡Así trata la corte un negocio de esta importancia...! Pero no hay remedio; el Rey lo manda, y es fuerza obedecer. Yo no sé lo que me anuncia el corazón... Este don Torcuato... Él está inocente... Un primer movimiento... un impulso de su honor ultrajado... ¡Ah, cuánto me compadece su desgracia...! Pero las leyes están decisivas. ¡Oh, leyes! ¡Oh, duras e inflexibles leyes! En vano gritan la razón y la humanidad en favor del inocente... ¿Y seré yo tan cruel, que no exponga al Soberano...? No; yo le representaré en favor de un hombre honrado, cuyo delito consiste en haberlo sido.