El delincuente honrado
El delincuente honrado JUSTO.- (Después de alguna pausa.) En fin, he cumplido con mi funesto ministerio sin olvidar la humanidad. ¡Quiera el cielo que mis razones sean atendidas! Pero el Ministro no verá las lágrimas de estos infelices, ni los clamores de una familia desolada podrán penetrar hasta su oÃdo... ¡Ve aquà por qué los poderosos son insensibles...! Sumidas en el fausto y la grandeza, ¿cómo podrán sus almas prestarse a la compasión? ¡Ah! ¡Desdichados los que se creen dichosos en medio de las miserias públicas...! Mas yo confÃo en la piedad del Soberano... Su ánimo benigno no puede desatender tan justas instancias. (Se levanta y pasea inquieto.) No sé de qué nace esta inquietud que me atormenta. ¿No pudiera ser que don Torcuato...? Haber nacido en Salamanca... No tener noticia de sus padres... Su edad... Su fisonomÃa... ¡Ah, dulce y funesta ilusión! ¡El fruto desdichado de nuestros amores pasó rápidamente de la cuna al sepulcro...! No obstante, quiero hablarle. (Llamando a los centinelas.) ¡Hola!, que venga el reo a mi presencia. (Se sienta. Los centinelas entran por la puerta del cuarto interior; salen luego con TORCUATO, que debe venir poco a poco por causa de los grillos, y le conducen hasta la presencia del Juez.)
Escena III