Los muertos
Los muertos La velada anual de las señoritas Morkan era invariablemente un gran acontecimiento. Acudían a él todos sus conocidos, parientes y viejos amigos de la familia, miembros del coro de Julia, cualquiera de las alumnas de Kate que tuviera ya edad para asistir a esas veladas y hasta algunas de las alumnas de Mary Jane. Nunca había salido mal. Todos los que habían asistido a ella, año tras año, la recordaban como se recuerda un acontecimiento de indiscutible elegancia y esplendor desde que Kate y Julia habían dejado la casa de Stoney Batter, después de la muerte de su hermano Pat, y se habían llevado a vivir con ellas a su única sobrina, Mary Jane. Habían alquilado el piso de arriba de una casa oscura y de aspecto severo en la Isla de Usher a un tal señor Fulham, el tratante de grano que tenía su negocio en el piso bajo. Hacía de eso más de treinta años. Mary Jane, que en aquel entonces era sólo una niña, todavía vestida de corto, era ahora el principal sostén de la familia, porque se ganaba la vida tocando el órgano en la iglesia de la calle Haddington. Había cursado estudios en la Academia de Música y organizaba todos los años un concierto que estaba a cargo de los propios alumnos y que se celebraba en el salón de arriba de las Antiguas Salas de Concierto. Muchas de sus alumnas pertenecían a familias de la clase alta de los barrios de la ruta de Kingstown y Dalkey. A pesar de que ya no eran jóvenes, sus tías ponían también su granito de arena en pro del mantenimiento del hogar. Julia, aunque ya muy canosa, era aún la soprano principal en la iglesia de Adán y Eva, y Kate, demasiado endeble para ir correteando de un lado a otro, daba clases particulares de música a principiantes, utilizando para ello el viejo piano vertical que tenían en la habitación de detrás. Lily, la hija del vigilante, les hacía la limpieza y otros menesteres. Aunque vivían modestamente, comían y bebían bien. Sus alimentos eran de primera calidad: solomillo de la mejor clase, té de a tres chelines y la mejor cerveza negra embotellada. Lily les traía lo que le encargaban sin cometer nunca una equivocación, así que se llevaba muy bien con sus tres señoritas. Es verdad que eran exigentes, pero nada más. Lo único que no toleraban era que se les contestara mal.
