Ulises
Ulises —¡La voz de Nathan! ¡La voz de su hijo! Oigo la voz de Nathan que dejó que su padre muriera de pena y abandono en mis brazos, que abandonó la casa de su padre y el Dios de su padre.
Cada palabra es tan honda, Leopold.
¡Pobre papá! ¡Pobre hombre! Menos mal que no entré en la habitación para mirarle la cara. ¡Ese dÃa! ¡Oh Dios! ¡Oh Dios! ¡Pse! Bueno, quizá fue lo mejor para él.
El señor Bloom dio vuelta a la esquina y pasó junto a los rocines apesadumbrados de la estación. No vale la pena pensar más en eso. La hora del pienso. Ojalá no me hubiera encontrado con ese tipo M’Coy.
Se aproximó más y oyó el mascar de lustrosa avena, la masticación pacÃfica de sus dientes. Sus ojos protuberantes de gacela lo observaron mientras él pasaba, entre dulce vaho avecÃneo de orina de caballo. Su Eldorado. ¡Pobres bicharracos! Maldito lo que saben o les importa nada con sus largas narices metidas en los morrales. Demasiado llenos para hablar. Sin embargo consiguen su alimento y su hospedaje. Castrados también: un muñón de oscura gutapercha oscilando blanda entre sus patas traseras. Puede ser que sean felices aun asÃ. Tienen el aspecto de buenos brutos. Sin embargo su relincho puede ser muy irritante.