Ulises

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Sacó la carta de su bolsillo y la dobló dentro del diario que llevaba. Podría tropezarme con ella por aquí. El callejón es más seguro.

Pasó por el Refugio del Cochero. Curiosa la vida de los cocheros a la deriva, haga el tiempo que haga, sea el lugar que sea, ligero o despacio, sin voluntad propia. Voglio e non. Me gusta darles un cigarrillo de vez en cuando. Sociables. Lanzan algunas sílabas ágiles al pasar. Canturreó:

Là ci darem la mano

La la lala la la.

Dobló hacia Cumberland Street y, dando unos pasos, se detuvo protegiéndose del viento en el muro de la estación. Nadie. Meade[24], almacén de materiales. Vigas apiladas. Ruinas y viviendas. Cuidadosamente pasó sobre un cuadro de rayuela[25], con su tejo olvidado. Ni un pecador. Cerca del almacén un niño en cuclillas, solo, lanzando una canica hábilmente con su pulgar experimentado. Una gata sabia, esfinge de ojos entreabiertos, observaba desde su cálido sitial. Una lástima molestarlos. Mahoma cortó un pedazo de su manta para no despertar a su compañera. Ábrela. Y una vez yo jugué a canicas cuando iba a la escuela de esa vieja maestra. Le gustaba la reseda. ¿Señora y señor Ellis? Abrió la carta al abrigo del diario.


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