Ulises

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El señor Bloom, a punto de hablar, cerró otra vez la boca. Los ojos de Martin Cunningham, bien abiertos. Ahora mirando a otro lado. Es simpático y humano. Inteligente. Como la cara de Shakespeare. Siempre una buena palabra oportuna. No tienen misericordia para eso aquí o para el infanticidio. Rehúsan la sepultura cristiana[35]. Solían atravesarles el corazón con una estaca de madera en la sepultura. Como si ya no lo tuvieran roto. Sin embargo a veces se arrepienten demasiado tarde. Lo encontraron en el lecho del río agarrado a los juncos. Me miró. Y esa horrible borrachona de mujer que tiene. Montándole la casa una y otra vez y ella empeñándole los muebles casi todos los sábados. Haciéndole llevar una vida infernal. Eso haría llorar a las piedras. La mañana del lunes empezar de nuevo. El hombro a la rueda. Señor, debe de haber sido un espectáculo esa noche, delante de Dedalus que estaba allí y que me lo contó. Borracha por la casa y haciendo cabriolas con el paraguas de Martin:

Y me llaman la joya de Asia,

de Asia,

La geisha[36].

Desvió la vista de mí. Él sabe. Que se le pudran los huesos.


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