Ulises

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Barro, marrón, húmedo, comenzó a verse en el agujero. Se elevaba. Casi listo. Un montículo de terrones húmedos se elevaba más, se elevaba, y los sepultureros dejaron descansar sus palas. Todos se descubrieron otra vez por breves instantes. El muchacho apoyó su corona en un rincón: el cuñado sobre un montón de tierra. Los enterradores se pusieron sus gorras y llevaron las palas manchadas de tierra hacia el carromato. Luego golpearon las hojas ligeramente sobre el césped: limpiarlas. Uno se inclinó para arrancar del mango un largo penacho de hierba. Otro, abandonando a sus compañeros, siguió caminando lentamente con su arma al hombro, mientras la hoja de la pala azuleaba. Silenciosamente, a la cabecera de la sepultura, otro enrollaba la correa del féretro. Su cordón umbilical. El cuñado, retirándose, colocó algo en su mano libre. Gracias en silencio. Lo siento, señor: molestia. Inclinación de cabeza. Ya sé eso. Esto para ustedes.

Los deudos se alejaron lentamente, a la ventura, sin dirección fija, deteniéndose a veces para leer un nombre sobre una tumba.

—Demos una vuelta por la tumba del jefe[79] —dijo Hynes—. Tenemos tiempo.

—Vamos —dijo el señor Power.

Torcieron a la derecha, siguiendo sus lentos pensamientos. La voz vacía del señor Power habló atemorizada.


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