Ulises
Ulises El señor O’Madden Burke, siguiéndolo de cerca, dijo con una estocada amistosa de su paraguas:
—¡En guardia, Macduff![87].
—¡De tal palo tal astilla! —gritó el director golpeando a Stephen en el hombro—. Vamos. ¿Dónde están esas llaves del demonio?
Buscó en su bolsillo, sacando las arrugadas hojas dactilografiadas.
—Fiebre aftosa, ya sé. Todo irá bien. Se publicará. ¿Dónde están? Está bien.
Volvió a meterse las hojas en el bolsillo y entró en la oficina interna.
CONFIEMOS
J. J. O’Molloy, a punto de seguirlo, dijo calmosamente a Stephen:
—Espero que vivas para verlo publicado. Myles, un momento.
Entró en la otra oficina, cerrando la puerta detrás de él.
—Vamos, Stephen —dijo el profesor—. Está bien, ¿no es cierto? Tiene la visión profética. Fuit Ilium![88]. El saqueo de la tempestuosa Troya. Reinos de este mundo. Los señores del Mediterráneo son hoy «fellaheen».
El primer repartidor bajó pateando las escaleras, pisándoles los talones, y se precipitó a la calle, vociferando: