Ulises
Ulises —Porque esto, ¡oh amados mÃos!, es la verdadera Christine[3]: cuerpo y alma y sangre y llagas. Música lenta, por favor. Cierren los ojos, señores. Un momento. Hay cierta dificultad en esos corpúsculos blancos. Silencio, todos.
Lanzó una mirada de reojo, emitió un suave y largo silbido de llamada y se detuvo un momento extasiado, mientras sus dientes blancos y parejos brillaban aquà y allá con destellos de oro. Chrysostomos[4]. Atravesando la calma, respondieron dos silbidos fuertes y agudos.
—Gracias, viejo —gritó animadamente—. Irá bien eso. Corta la corriente, ¿quieres?
Saltó de la plataforma de tiro y miró gravemente a su observador, recogiéndose alrededor de las piernas los pliegues sueltos de su bata. La cara rolliza y sombrÃa, y la quijada ovalada y hosca, recordaban a un prelado protector de las artes en la Edad Media. Una sonrisa agradable se extendió silenciosa sobre sus labios.
—¡Qué burla! —dijo alegremente—. Tu nombre absurdo, griego antiguo[5].
Lo señaló con el dedo, en amistosa burla, y fue hacia el parapeto, riendo para sÃ. Stephen Dedalus comenzó a subir. Lo siguió perezosamente hasta mitad de camino y se sentó en el borde de la plataforma de tiro, observándolo tranquilo mientras apoyaba su espejo sobre el parapeto, metÃa la brocha en la bacÃa y se enjabonaba las mejillas y el cuello.