Ulises
Ulises CORTÉS, para servirlos, el bibliotecario[1] cuáquero ronroneó:
—¿Y nosotros tenemos, no es asÃ, esas páginas de Wilhelm Meister cuyo valor resulta incalculable? De un gran poeta sobre un gran hermano poeta. Un alma vacilante afrontando un mar de dificultades, desgarrado por dudas antagónicas, como se puede ver en la vida real.
Avanzó un paso de contradanza hacia adelante sobre crujiente cuero de buey y dio un paso de contradanza hacia atrás sobre el suelo solemne.
Un ayudante silencioso abriendo apenas la puerta le hizo una seña silenciosa.
—En seguida —dijo crujiendo para ir, aunque demorándose—. El hermoso soñador ineficaz que se estrella contra la dura realidad. Está tan claro que los juicios de Goethe son siempre justos. Resisten los mayores análisis.
Abandonó el bicrujiente análisis con un paso de coranto[2]. Calvo, necesariamente celoso al lado de la puerta, prestó toda su gran oreja a las palabras del ayudante: las escuchó: y se fue.
Quedan dos.
—Monsieur de la Palisse —dijo burlonamente Stephen— estaba vivo quince minutos antes de su muerte.